La orquesta de los grillos

Vivo el séptimo día
unas milésimas de veces
y aún así no aprendo a convivir
con la otra porción del mundo.

Me duelen los tímpanos
por el barullo sónico,
de los recuerdos cuando entonan lloviendo
la canción que ningún ser hecho
de barro soporta escuchar.

Niebla y nube
mudo en la nada,
vibro de soledad y frío
con las cigarras de los bosques.

En el regazo del mundo
deposito mi canto roto
en la orquesta de los grillos.

Escapo de lo absurdo y del oscuro cotidiano
galopando encima de un saltamontes.
Cierro la cremallera de mis ojos
atascados en los mismos días sin objeto.

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Recodos de recuerdos

Devuélveme la margarita
marchitada en los recodos
de tu cabello boreal.
Devuélveme los rastros
de las yemas de mis dedos,
extraviados en ti como yo sin ti.

Sentí cada látigo de tu vaivén,
bebí cada latido sin querer
de tus venas verdes
como el musgo del pozo,
que nace de mis manos
porque ya no te toco.

Ya no como la primera vez,
ya no como siempre,
ya no como antes,
antes el antes no tenía tanto valor.

Te pienso de manera fugaz,
pasan las horas mojadas de soledad.
Aún guardo un poco de nosotros.
¿Me piensas? Quizá, no sé.

¿Y si te toco sin tenerte,
si no te tengo como me sostengo?
Me miento a mí mismo
pensando que aún sigues aquí,
pero sólo tú sabes que no es verdad.

¿Y si te toco sin tenerte?
Aunque sea la vaga fragancia
de nuestros besos devorados
que me traen los atardeceres malditos.

¿Y si te toco sin tenerte?
Aunque sea el lejano brillo de esperanza
asemejado al túnel de tus ojos.
Túnel de otoño, estrecho e infinito,
que me mata como costumbre mortuorio
en la fina claustrofobia de no tenerte.

Arrecife

Sus lunares de ángel
Eran luciérnagas de plancton,
Que mi boca de ballena
Besaba sin cesar ni retorno.
Aprendí a respirar bajo el agua,
Cambie mis pulmones por branquias.
Dejé mi cuerpo desnudo,
Inmune a las medusas y sus caricias.
Espero de noche en el arrecife,
A que su fantasma de mar
Devuelva a mi corazón
Sus cosquillas de sirena.

El último

La soledad habita
en el jarrón con flores mustias,
en el silbido de las ventanas,
en el granizo sobre el coche,
en el columpio oxidado,
en la pecera llena de hojas
y de peces muertos.
La soledad reina
en la sombra del patio
donde enterraron a los perros,
y en la caseta de madera
donde morirá el último
que ahora ladra solo.

 

Nombres envejecidos

Sabemos la existencia de la lluvia,
pero en el desierto del corazón
las lágrimas construyen los oasis.
No conocemos todavía a la muerte
que sigilosamente llegará
envolviéndonos con su telaraña.
Quién me devuelve cada año que pasa,
si cada invierno nuevo llega envejecido:
como las rocas, las montañas y las nubes.
Quién me devolverá cada beso que di,
si los labios que encuentro sólo dicen adiós.
La tierra se nutre de nosotros mismos,
porque donde antes hubo un cementario,
ahora es un bosque verde que calla nombres
y sólo la niebla es capaz de pronunciarlos.

Espíritu búho

Te contaron que desaparecí
pero sabes que no es verdad.
Adopté la forma de la ausencia
quedándome en el umbral de tu casa.
De vez en cuando riego tus plantas,
tu perro me ladra y tu vecino fallecido
hace como que acaricia a su esposa.
Duermes tranquila en tu refugio;
rodeada de una oscura laguna.
Porque sabes que mi espíritu búho
te cuida desde la ventana.