Año nuevo

El cementerio está derruido
como el eco de la campana rota,
y los cráneos están atravesados
por los fantasmas de los árboles.

El cielo tose las cenizas que esparcieron
los seres queridos de las estrellas,
y la tierra saca afuera los huesos
del enterrador con alas de murciélago.

¿Quién despertó a los esqueletos
con el silbido seco del portón oxidado?
¿Quién vino a pisar la hojarasca de clavos?

Fue la brisa del año nuevo,
lamiendo las llamas de las velas
que tiemblan con sigilo.

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Ni con siete vidas

No volverá a repetirse mi vida
tranquila con su insignificancia.
Esta vida de voces a solas
con las que nadie habla,
esta voz que imita otra voz
para haber si así se consuela.

Mis cabellos respiran suavemente,
se camuflan entre las hiedras
que amortajan el castillo de las nubes.
Me despojo de mí para todos
pero amo el calor de mi familia.

Pasan los segundos que no vuelven,
ni ese gato negro del tejado va a volver
sin antes convertirse en una escalera;
por donde yo pase con mis siete vidas.

Mis sietes vidas de siete tréboles
que me han dado la mala suerte
de no ser un gato, o una escalera.

Para volver a mi vida que se va
a través de las interminables
escaleras de la memoria.

No volverá a repetirse mi vida
tranquila con su insignificancia,
ni el gato cuando agote
sus siete vidas de ventaja.

La orquesta de los grillos

Vivo el séptimo día
unas milésimas de veces
y aún así no aprendo a convivir
con la otra porción del mundo.

Me duelen los tímpanos
por el barullo sónico,
de los recuerdos cuando entonan lloviendo
la canción que ningún ser hecho
de barro soporta escuchar.

Niebla y nube
mudo en la nada,
vibro de soledad y frío
con las cigarras de los bosques.

En el regazo del mundo
deposito mi canto roto
en la orquesta de los grillos.

Escapo de lo absurdo y del oscuro cotidiano
galopando encima de un saltamontes.
Cierro la cremallera de mis ojos
atascados en los mismos días sin objeto.

Recodos de recuerdos

Devuélveme la margarita
marchitada en los recodos
de tu cabello boreal.
Devuélveme los rastros
de las yemas de mis dedos,
extraviados en ti como yo sin ti.

Sentí cada látigo de tu vaivén,
bebí cada latido sin querer
de tus venas verdes
como el musgo del pozo,
que nace de mis manos
porque ya no te toco.

Ya no como la primera vez,
ya no como siempre,
ya no como antes,
antes el antes no tenía tanto valor.

Te pienso de manera fugaz,
pasan las horas mojadas de soledad.
Aún guardo un poco de nosotros.
¿Me piensas? Quizá, no sé.

¿Y si te toco sin tenerte,
si no te tengo como me sostengo?
Me miento a mí mismo
pensando que aún sigues aquí,
pero sólo tú sabes que no es verdad.

¿Y si te toco sin tenerte?
Aunque sea la vaga fragancia
de nuestros besos devorados
que me traen los atardeceres malditos.

¿Y si te toco sin tenerte?
Aunque sea el lejano brillo de esperanza
asemejado al túnel de tus ojos.
Túnel de otoño, estrecho e infinito,
que me mata como costumbre mortuorio
en la fina claustrofobia de no tenerte.

Arrecife

Sus lunares de ángel
Eran luciérnagas de plancton,
Que mi boca de ballena
Besaba sin cesar ni retorno.
Aprendí a respirar bajo el agua,
Cambie mis pulmones por branquias.
Dejé mi cuerpo desnudo,
Inmune a las medusas y sus caricias.
Espero de noche en el arrecife,
A que su fantasma de mar
Devuelva a mi corazón
Sus cosquillas de sirena.

Dios no existe, pero sí la tierra

Huelo a tierra mojada
porque así olemos los muertos,
después de salir de la caja de madera
para ser madera desnuda en el bosque.
Mis brazos se mueven por el viento
y mi cabello es verde como las hojas,
tengo nombres escritos en mi pecho;
nombres de adolescentes enamorados
que ahora se besan con sus labios de árbol.
Nacimos para acabar siendo semillas
resucitadas por la lluvia,
somos hermanos de los pájaros
amortajados por la aurora,
somos los hijos de la tierra y no de Dios.
¿Dios, qué Dios?
Sí, el Dios del dolor.
Pero no de la tierra
que se alimenta
de nuestra carne.