Dios no existe, pero sí la tierra

Huelo a tierra mojada
porque así olemos los muertos,
después de salir de la caja de madera
para ser madera desnuda en el bosque.
Mis brazos se mueven por el viento
y mi cabello es verde como las hojas,
tengo nombres escritos en mi pecho;
nombres de adolescentes enamorados
que ahora se besan con sus labios de árbol.
Nacimos para acabar siendo semillas
resucitadas por la lluvia,
somos hermanos de los pájaros
amortajados por la aurora,
somos los hijos de la tierra y no de Dios.
¿Dios, qué Dios?
Sí, el Dios del dolor.
Pero no de la tierra
que se alimenta
de nuestra carne.
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