Metamorfosis

Puedo quedarme
suspendido en el aire,
flotando en tu aliento.
Para volar hacia tu boca,
atravesar tu garganta,
bajar por tu esófago
hasta llegar a tu estómago
y convertirme en una mariposa.

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La hiedra que trepa al muro

El vacío es pronunciado
por una lágrima
que humedece
mi pómulo.

La hiedra trepa,
protege al muro.
Aquél que permaneció mudo
y fiel a la casa que se derrumbó.

Sepultado por la intemperie
al que a veces recurro,
cuando escapo de la ciudad
y mi ausencia se hace murmullo.

Deseo en común

En un banco clandestino
dos amantes se acarician,
mientras un gato negro cruza
veloz, sin prudencia la esquina.

El estómago me patea
soltando las mariposas,
aquellas que en invierno
salieron de sus crisálidas.

El cielo posee sus ojos
melancólicos, tintilantes.
La diferencia es que los tuyos
no me miran y lo intuyo.

Que aunque no me mires
tú también miras al cielo,
y cuando cae una estrella
el deseo es el mismo.

 

Después del beso vino la bala

Su mejilla rosa por el frío me amortaja,
el invierno le hace más bonita.
Yo lúgubre con mi corazón de hojalata,
porque ella mi presencia esquiva.

Seré su madera y ella mi termita,
una termita que engulle mi cuerpo.
Será mi Córdoba y yo su mezquita,
una mezquita pobre en el desierto.

Está sentada en el pasillo,
se escucha mis pasos a lo lejos.
Su mano tiembla,
como tiembla su castillo,
tiembla porque tiene miedo,
su miedo es mi castigo.

Su pesadumbre le golpea por dentro,
rebotan los golpes en las paredes.
Mi ambición por ella crece,
la muchacha corre,
en el bosque desaparece.

La busco y la encuentro,
noto que está cansada.
Débil por el agotamiento.
Sube a la zona más alta,
más sube su remordimiento.

De su bolsillo saca una bala.
De su corazón una nota.
De su libro saca una pistola.
Se acerca con un beso que deteriora.

Acaricio su pelo y su cara
en mis manos deja una carta.
Coge la pistola y apunta,
a su cráneo dispara.

El silencio está reinando
como todo cuando se acaba.
Arranqué mi corazón del pecho,
porque después del beso vino la bala.