El último

La soledad habita
en el jarrón con flores mustias,
en el silbido de las ventanas,
en el granizo sobre el coche,
en el columpio oxidado,
en la pecera llena de hojas
y de peces muertos.
La soledad reina
en la sombra del patio
donde enterraron a los perros,
y en la caseta de madera
donde morirá el último
que ahora ladra solo.

 

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Nombres envejecidos

Sabemos la existencia de la lluvia,
pero en el desierto del corazón
las lágrimas construyen los oasis.
No conocemos todavía a la muerte
que sigilosamente llegará
envolviéndonos con su telaraña.
Quién me devuelve cada año que pasa,
si cada invierno nuevo llega envejecido:
como las rocas, las montañas y las nubes.
Quién me devolverá cada beso que di,
si los labios que encuentro sólo dicen adiós.
La tierra se nutre de nosotros mismos,
porque donde antes hubo un cementario,
ahora es un bosque verde que calla nombres
y sólo la niebla es capaz de pronunciarlos.

Espíritu búho

Te contaron que desaparecí
pero sabes que no es verdad.
Adopté la forma de la ausencia
quedándome en el umbral de tu casa.
De vez en cuando riego tus plantas,
tu perro me ladra y tu vecino fallecido
hace como que acaricia a su esposa.
Duermes tranquila en tu refugio;
rodeada de una oscura laguna.
Porque sabes que mi espíritu búho
te cuida desde la ventana.

La mudanza de la mosca

Aquí nada se interpone,
aquí todo cobra sentido,
aquí es donde construyo
mi palacio, mi cárcel.

Pero esta vez no estoy solo.
Una mosca se para sobre la bombilla,
proyectando en el techo la silueta
de una nave estrellada en la Luna.

Me roba una migaja de pan,
sacia su sed con mi silencio.
No nos conocemos, no nos saludamos,
somos distintos pero iguales.

Entró por la ventana y se quedó aquí
buscando a alguien con quien conversar.
Sé que le parezco simpático porque
compartió su soledad conmigo.

Luna pálida

La Luna pálida
se coloca en medio
de una llanura virgen.
Acaricia nuestra desnudez,
su susurro gélido y liviano
muere en nuestras bocas,
llena de nubes nuestra cama,
de estrellas nuestros cuerpos.

Óvalo

tiene mi corazón
—si lo preguntas—
es parecido al
óvalo de la Luna.
Con su disposición
anímica de sus fases,
y desgastado
por sus impulsos.
Cansado por salir
tanto de madrugada.
Tiene mi corazón
su parte oculta,
y la huida fugaz
de una estrella errante.

Hija de una loba

Yo sé que en mis pupilas
sólo veía un otoño baldío
y que en sus pupilas
siempre habitaba el invierno.

Hija de una loba,
amiga de los pájaros.
Todavía la oigo aullar
desde la ventana de mi árbol.

Por sus ojos solía caer el océano,
por sus labios caía la nieve.
Al mirarla me envolvía una ventisca
y sus pestañas eran mil agujas de hielo.