ESCORPIÓN

Sólo tú sabes que la realidad
no tiene olor, ni sabor, ni color,
ni la medida exacta del espacio.
En el engranaje de las horas
queda el insípido monólogo
entre tú y tu otro yo fallecido.
Lloras en tus tibias sábanas
donde hacías el amor
con la hija de la muerte;
sus senos duros alimentan
a sus hijos de otros padres
y tú, el único padrastro mortal.
Aliméntate como un animal
de la leche de tus hijastros,
devóralos por el gusto a la carne.
Laméntate al descubrir
sus aguijones ingeridos con arena,
después de haber mamado                                                       
la teta del negro escorpión.
Más allá del umbral está la nada,
bésale la mano llena de aguijones,
guarda el hormigueo de tus labios
y sella con ellos toda la desventura.
Pierde de una vez el miedo a esto,
tu vida es una miserable metáfora
tatuada en un mismo lomo putrefacto.

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Recodos de recuerdos

Devuélveme la margarita
marchitada en los recodos
de tu cabello boreal.
Devuélveme los rastros
de las yemas de mis dedos,
extraviados en ti como yo sin ti.

Sentí cada látigo de tu vaivén,
bebí cada latido sin querer
de tus venas verdes
como el musgo del pozo,
que nace de mis manos
porque ya no te toco.

Ya no como la primera vez,
ya no como siempre,
ya no como antes,
antes el antes no tenía tanto valor.

Te pienso de manera fugaz,
pasan las horas mojadas de soledad.
Aún guardo un poco de nosotros.
¿Me piensas? Quizá, no sé.

¿Y si te toco sin tenerte,
si no te tengo como me sostengo?
Me miento a mí mismo
pensando que aún sigues aquí,
pero sólo tú sabes que no es verdad.

¿Y si te toco sin tenerte?
Aunque sea la vaga fragancia
de nuestros besos devorados
que me traen los atardeceres malditos.

¿Y si te toco sin tenerte?
Aunque sea el lejano brillo de esperanza
asemejado al túnel de tus ojos.
Túnel de otoño, estrecho e infinito,
que me mata como costumbre mortuorio
en la fina claustrofobia de no tenerte.

Arrecife

Sus lunares de ángel
Eran luciérnagas de plancton,
Que mi boca de ballena
Besaba sin cesar ni retorno.
Aprendí a respirar bajo el agua,
Cambie mis pulmones por branquias.
Dejé mi cuerpo desnudo,
Inmune a las medusas y sus caricias.
Espero de noche en el arrecife,
A que su fantasma de mar
Devuelva a mi corazón
Sus cosquillas de sirena.

Dios no existe, pero sí la tierra

Huelo a tierra mojada
porque así olemos los muertos,
después de salir de la caja de madera
para ser madera desnuda en el bosque.
Mis brazos se mueven por el viento
y mi cabello es verde como las hojas,
tengo nombres escritos en mi pecho;
nombres de adolescentes enamorados
que ahora se besan con sus labios de árbol.
Nacimos para acabar siendo semillas
resucitadas por la lluvia,
somos hermanos de los pájaros
amortajados por la aurora,
somos los hijos de la tierra y no de Dios.
¿Dios, qué Dios?
Sí, el Dios del dolor.
Pero no de la tierra
que se alimenta
de nuestra carne.

El último

La soledad habita
en el jarrón con flores mustias,
en el silbido de las ventanas,
en el granizo sobre el coche,
en el columpio oxidado,
en la pecera llena de hojas
y de peces muertos.
La soledad reina
en la sombra del patio
donde enterraron a los perros,
y en la caseta de madera
donde morirá el último
que ahora ladra solo.

 

Nombres envejecidos

Sabemos la existencia de la lluvia,
pero en el desierto del corazón
las lágrimas construyen los oasis.
No conocemos todavía a la muerte
que sigilosamente llegará
envolviéndonos con su telaraña.
Quién me devuelve cada año que pasa,
si cada invierno nuevo llega envejecido:
como las rocas, las montañas y las nubes.
Quién me devolverá cada beso que di,
si los labios que encuentro sólo dicen adiós.
La tierra se nutre de nosotros mismos,
porque donde antes hubo un cementario,
ahora es un bosque verde que calla nombres
y sólo la niebla es capaz de pronunciarlos.

Espíritu búho

Te contaron que desaparecí
pero sabes que no es verdad.
Adopté la forma de la ausencia
quedándome en el umbral de tu casa.
De vez en cuando riego tus plantas,
tu perro me ladra y tu vecino fallecido
hace como que acaricia a su esposa.
Duermes tranquila en tu refugio;
rodeada de una oscura laguna.
Porque sabes que mi espíritu búho
te cuida desde la ventana.

La mudanza de la mosca

Aquí nada se interpone,
aquí todo cobra sentido,
aquí es donde construyo
mi palacio, mi cárcel.

Pero esta vez no estoy solo.
Una mosca se para sobre la bombilla,
proyectando en el techo la silueta
de una nave estrellada en la Luna.

Me roba una migaja de pan,
sacia su sed con mi silencio.
No nos conocemos, no nos saludamos,
somos distintos pero iguales.

Entró por la ventana y se quedó aquí
buscando a alguien con quien conversar.
Sé que le parezco simpático porque
compartió su soledad conmigo.

Luna pálida

La Luna pálida
se coloca en medio
de una llanura virgen.
Acaricia nuestra desnudez,
su susurro gélido y liviano
muere en nuestras bocas,
llena de nubes nuestra cama,
de estrellas nuestros cuerpos.